Claudio José Domingo Brindis de Salas Garrido, mundialmente aplaudido como el mejor violinista de todos los tiempos, considerado por la prensa universal como el «Paganini Negro» o el “Rey de la Octava”, que vivió una vida de lujos y glorias, como el gran monarca del violín, murió como un indigente, tísico y olvidado arrojado a una calle de Buenos Aires el 02 de junio de 1911.

Brindis de Salas había nacido en La Habana el 4 de agosto de 1852, hijo de un músico, también violinista y contrabajista, aprendió de sus padre las primeras notas y a los 10 años ya daba su primer concierto en el Liceo de La Habana. Siete años después ganaba una beca para estudiar en París donde obtuvo calificaciones sobresalientes.

Luego, en una catarata de ofrecimientos, vinieron los grandes conciertos en los mejores teatros de mundo; lo aplaudieron de pie en París, Berlín, Londres, Madrid, Milán, Florencia, San Petersburgo, Viena, Caracas, Buenos Aires… el mundo de la música y la crítica rendida ante el talento de un hombre negro, ganó mucho dinero, prestigio y el corazón de a cuanta mujer quiso enamorar.

En Prusia fue condecorado con la orden de la Cruz del Águila Negra y en Francia con la Legión de honor. El kaiser Guillermo II lo nombró Barón de Salas. En Buenos Aires en 1890 recibió también los mayores honores, fue huésped de honor de Bartolomé Mitre que lo recibió en su casa, donde de pie, junto a un piano, levantó su violín y logró conmover a lo más rancio de la oligarquía porteña. Recibe de regalo  un valioso violín Stradivarius que conservó siempre. Luego, en Alemania se casó con una joven baronesa y obtuvo la nacionalidad alemana, tuvo dos hijos, que fueron también violinista, pero su vida era ir de puerto en puerto tras más aplausos, gloria y dinero.

Pasó el tiempo, comenzó a sufrir ataques de depresión y nostalgia que lo alejaron de todo y lo llevaron a perder su control del violín por el alcoholismo. Su esposa, la gloria y el dinero no tardaron en alejarse de su vida y la tuberculosis terminó por diezmarlo.

A veinte años de aquel concierto privado en casa de Bartolomé Mitre, en el vapor español “Satrustegui” un acabado Brindis de Salas volvió al puerto de Buenos Aires. Estaba enfermo y andrajoso, en una de esas tiendas «cambalache» de la Avenida Rivadavia logró empeñar su Stradivarius por diez pesos; nunca volvió para recuperarlo.

Nadie acertó a decir ciertamente a qué vino a Buenos Aires, algunos arriesgaron a decir que vino en busca de una hija no reconocida, pero lo cierto es que él sabía que era el último puerto de su vida. En la madrugada del 2 de junio de 1911, estando completamente borracho, fue arrojado a la calle desde un bodegón del bajo porteño y entre vómitos de alcohol y sangre fue auxiliado por la asistencia pública y murió horas después. Revisadas sus pertenencias, le encuentran el pasaporte alemán y el recibo de la casa de empeños y entendieron de quién se trataba. Fue fotografiado ya fallecido y «Caras y caretas» describió así la muerte del «Paganini negro»

 “La historia de este lírico bohemio parece un cuento, sin embargo es cierto. El 2 de junio murió en nuestra ciudad. Había vuelto de Europa en el vapor Satrústegui ¿a qué vino?, se ignora. Después de haber sido millonario, después de haber vivido la vida de un monarca, después de haber hecho temblar el corazón de las mujeres, después de haber paseado por el mundo su alma que era un violín, después de tanto amor, de tanto fuego, de tanto sol, de tanta melodía, de tanta gloria y laurel, cayó al fin destrozado. Viejo, pobre, sucio, negro, tísico y solo… ¡solo! ¡Solito! Ni siquiera tuvo en el momento de morir el consuelo de abrazar el violín que lo hizo célebre.”

Fue sepultado en una fosa común. En 1930, el gobierno de la República de Cuba, extraditó los que serían sus restos y fueron colocados en el panteón de la solidaridad de la música cubana en la Necrópolis de Colón de La Habana.

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