En respuesta a la reflexión atribuida a Javier Daulte, que nos llama a engaño.

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Por Roberto Famá Hernández

Corre en las redes una larga reflexión pidiendo firmas de apoyo, una misiva de más de 1.300 palabras supuestamente firmada por el psicólogo, guionista, dramaturgo y director de teatro Javier Daulte. Reflexión con la que disiento abiertamente en varios de sus conceptos, que me impongo contestar algunos de ellos, porque creo que llaman a engaño, aunque seguramente no es esa la intención del autor; probablemente quién la escribió también se engaña él mismo.

No desconozco y me preocupa la crítica situación que vive el teatro y la cultura en su conjunto, pero más me preocupa que llevamos ya 27.000 muertos; son 27.000 padres, hermanos, madres, amigos, abuelas, hijos que no veremos nunca más y muy probablemente sean 40 mil o más los fallecidos cuando al fin llegue la ansiada vacuna. La mayor tragedia sanitaria de la historia. Que la actividad teatral vuelva pronto, pero que la reapertura sea de manera segura, basada en el estricto cumplimiento de protocolos sanitarios y para eso es necesario discutir seriamente el cómo y no reclamando desde sofismas, contradicciones y exclusiones discursivas que no suman.

Pero volviendo al texto atribuido a Daulte, se lee allí “Nuestros contratos sociales tradicionales son la familia, el estudio, el trabajo y la actividad cultural” Bueno, no sé qué entiende el autor por contrato social, pero contrato social es algo mucho más complejo que incluye primordialmente al Estado y las leyes y es deber de los Estados asegurar los derechos de la sociedad y sobre todos los derechos, el supremo, que es el derecho a la vida.

Cuando el autor del texto dice refiriéndose a la familia, el estudio, el trabajo y la actividad cultural” como que “son los únicos ámbitos en los que se producen los lazos que tejen la trama de nuestras vidas”, también resulta excluyente, porque ignora ámbitos como el sanitario, el de asistencia social o religiosa, entre otros. Podría entenderse que, dentro de la “actividad cultural” de un modo tácito incluye a algunos de estos lazos sociales, pero luego el autor fuerza la razón al preguntarse y responderse: ¿Pero cuál es la red que crea y teje la actividad cultural, o dicho de manera más directa, el ámbito del arte? Es la red espiritual”. El autor vuelve a ser excluyente, dando a entender dicho así, que “sólo el arte” teje la red espiritual y eso llama nuevamente a engaño, porque claramente reduce el término “Cultura” a sólo el arte  al querer decirlo “de manera más directa” ¿Dónde deja, entonces, el autor la educación, la salud, los credos, y demás lazos del contrato social, que en el párrafo anterior parecía incluirlos tácitamente dentro de la cultura?

En otro párrafo asegura el autor. La praxis del arte es el alimento espiritual de una sociedad. Ir a un concierto, al cine, al teatro, a un museo, a una biblioteca, etc., son prácticas que las sociedades han desarrollado a lo largo de los siglos”  En este párrafo podemos acordar, pero poco más adelante nos dice que: Hoy se cree erróneamente (y se pregona de manera incansable) que podemos consumir arte en nuestras casas, a través de internet, o de los libros que tengamos la suerte de tener en nuestras bibliotecas”. Nos había dicho que ir a una biblioteca era alimento del espíritu, pero un libro en casa no lo es, pero vuelve a contradecirse luego al decirnos que sí lo es: Por supuesto que puedo gozar de un libro en la soledad de mi casa, pero ese goce es posible hoy porque ayer hubo ese lazo social generado por la praxis presencial del arte que me permitió forjar mi identidad, mi sensibilidad y mis gustos, y que creó las condiciones para que ahora goce de ese libro durante una tarde solitaria” Vuelve entonces a ser excluyente cuando dice que puede gozar de la lectura del libro «por la praxis presencial del arte que me permitió forjar mi identidad, mi sensibilidad y mis gustos». Excluye a la educación que le enseñó a leer, a interpretar un texto y entender el contexto, entre otros roles de la cultura y necesita excluirlos para dejar sólo a «la praxis presencial del arte» como único lazo espiritual y eso también llama a engaño.

Más adelante nos dice: El Estado debe declarar esencial la praxis presencial del arte porque es el único alimento que satisface una suerte de hambre que de otro modo no se saciará más que con violencia (entendiendo el consumismo como una de las formas de la violencia). Ahí fuerza la razón nuevamente al entender que la praxis presencial del arte es el único alimento espiritual y que, en caso contario, solo resta la violencia que cita.

Aclaremos, yo entiendo que el autor insista en el arte presencial porque es su principal actividad como artista teatral que es y lo comprendo, pero de ahí a asegurar que el arte presencial es “el único alimento del espíritu”…

Podría continuar refutando otros párrafos, pero no quiero ser tan extenso como lo fue el autor, porque además viene al caso que a buen entendedor, pocas palabras, pero además, cuando se parte de premisas falsas o forzadas, o exageraciones, sólo puede concluirse en engañosos sofismas.

Desde luego que el arte presencial es importante, pero creer que es eso, o no sé que extraña violencia consumista podría desatarse… Seriamente no suma, resta.

Sería mucho mejor aportar ideas de cómo volver al teatro, de qué manera, cómo hacerlo mejor, cómo crear confianza en el futuro público. Si hablamos de contrato social, dejemos trabajar y acompañar confiadamente a las asociaciones representativas como el gremio de actores o la asociación de empresarios teatrales, que para eso están, para representar y para hacer lo correcto para que el teatro vuelva de la mejor manera. Lanzar confusas proclamas no ayuda, confunde, no suma, sobre todo si quien suscribe el reclamo es un destacado referente de la escena teatral.

Que el teatro vuelva de la mejor manera, pero sólo cuando estemos enteramente seguros que no habrá riesgos de contagios y muertes, ni para el público ni para los artistas.


Aquí, texto original al que me refiero, para que no se crea que los que he analizado son textos sacados de contexto:

EL ARTE PRESENCIAL, POR JAVIER DAULTE


El arte en una comunidad cumple al menos tres funciones: entretener, educar y crear lazo social.

Las dos primeras resultan mediamente obvias y no me detendré en ellas.

Pero la creación artística en su praxis presencial está al servicio de algo que es tan contundente como invisible y que es uno de los fenómenos imprescindibles para el funcionamiento de una sociedad.

Nuestros contratos sociales tradicionales son la familia, el estudio, el trabajo y la actividad cultural. Para decirlo con pocas palabras, son los únicos ámbitos en los que se producen los lazos que tejen la trama de nuestras vidas. Son los ámbitos en los que nuestro universo afectivo y emocional se desarrolla. ¿Pero cuál es la red que crea y teje la actividad cultural, o dicho de manera más directa, el ámbito del arte? Es la red espiritual.

Pero ojo, la espiritualidad no es algo tan abstracto como podría suponerse, sino que es una dimensión más de la persona, como la dimensión biológica o social, y que, junto con el cuerpo, constituye al ser humano. De hecho, es a la espiritualidad a la que se le atribuye la capacidad de sentir y pensar. Podríamos, para lucir más cientificistas o exactos, hablar de neurología, fisiología, psicología y epistemología, pero creo que la palabra espiritualidad resume convenientemente el concepto que aquí se pretende desarrollar.

La praxis del arte es el alimento espiritual de una sociedad. Ir a un concierto, al cine, al teatro, a un museo, a una biblioteca, etc., son prácticas que las sociedades han desarrollado a lo largo de los siglos. Se podría argumentar que la iglesia es la que cumple la función de alimentar espiritualmente a una comunidad. Es muy probable. Pero, aunque la religión siempre estuvo íntimamente ligada a todo tipo de disciplinas artísticas (la música, el teatro, la literatura), no es menos cierto que esa ligazón fue perdiéndose y hoy el arte se ha independizado de toda práctica religiosa y a esta apenas le queda la liturgia y un contenido altamente reiterativo. Por otro lado, la religión es dogmática y el arte no.

Hoy se cree erróneamente (y se pregona de manera incansable) que podemos consumir arte en nuestras casas, a través de internet, o de los libros que tengamos la suerte de tener en nuestras bibliotecas. Pero eso no tiene nada que ver con la praxis artística (de hecho, hablar de consumo al referirnos al arte, es infame). El arte, fuera de su praxis social, no tiene ningún sentido, porque su manifestación tiene que ver esencialmente con el encuentro de sujetos disímiles que serán atravesados por esa cosa en común que llamamos manifestación artística. Esta nos enlaza con el otro y nos hace parte de un todo complejo e inspirador. Por supuesto que puedo gozar de un libro en la soledad de mi casa, pero ese goce es posible hoy porque ayer hubo ese lazo social generado por la praxis presencial del arte que me permitió forjar mi identidad, mi sensibilidad y mis gustos, y que creó las condiciones para que ahora goce de ese libro durante una tarde solitaria. Sería lo que en términos sencillos llamamos compartir la experiencia. En ese sentido, podría decirse que el deporte tiene una función parecida a la del arte en la medida en que es catártico para quien lo ve, sobre todo en la medida en que la experiencia se comparte con los demás hinchas. Y es verdad. Pero, en el caso del deporte, ese lazo de identificación con el otro ya está dado de antemano. Además, aunque el arte tiene también algo de catártico, se trata de una catarsis indeterminada y que se relaciona con emociones la más de las veces inéditas para cada sujeto en particular y que genera una identificación impensada con el otro. A la cancha vamos a apoyar a nuestro equipo y sabemos las emociones que están en juego: regocijo por el triunfo, decepción y dolor por la derrota. Al teatro, al cine, a una sala de conciertos, vamos a obtener un tipo de goce misterioso y, como decía más arriba, indeterminado.

El arte en general, y el teatro en especial, es el único territorio donde aquello que nos define como sujetos está en el centro de la cuestión: nuestra subjetividad y nuestro universo emocional. Aún más, es solo en el teatro donde estas facultades preponderan al punto que sería lícito afirmar que es el arte teatral la única disciplina que las legitima. Nuestra subjetividad y nuestro universo emocional son, para toda otra práctica, inservibles. Y está bien que así sea, ya que subjetividad y emoción son herramientas poco recomendables a la hora de impartir justicia, construir puentes o educar a la población.

En la praxis presencial del arte es donde los mecanismos identificatorios, tanto intelectuales como emocionales, se ponen en juego. Y en consecuencia solo es allí donde nuestra singularidad encuentra sus espejos, coincidentes o deformantes. Sin esos espejos identificatorios es altamente probable que nunca sepamos quiénes somos, ni como individuos ni como sociedad.

Es indispensable aclarar que esta reflexión no es solo pertinente para el momento que vivimos, en el que por fuerza mayor no podemos formar parte de la praxis presencial del arte debido a la pandemia. Es algo que viene escaseando desde hace tiempo, y las nefastas consecuencias de esa falta es lo que sumerge a nuestra sociedad en una suerte de peligrosa alienación. En la medida en que no somos parte de una red de lazos creados por la praxis artística, se genera una ansiedad que el capitalismo quiere aplacar, infructuosamente, a través del consumismo salvaje. Los límites cada vez más imprecisos entre plástica y diseño, entre ficción y reality, entre música y ritmo, son la trampa perfecta para que el equívoco se vuelva imperceptible y empezamos a creer que hay algo donde en realidad no hay nada.

El Estado debe declarar esencial la praxis presencial del arte porque es el único alimento que satisface una suerte de hambre que de otro modo no se saciará más que con violencia (entendiendo el consumismo como una de las formas de la violencia). La cultura es algo vivo y móvil. Es un ejercicio. Y ese ejercicio más que un derecho es una obligación que debe ser estimulada. Si el espíritu fuera un músculo, deberíamos cuidar que no se atrofie. La cultura no es algo que hicieron otros en otras épocas más cultas para que los contemporáneos la observemos con reverencia. Ese es un concepto conservador y retrógrado que lleva a petrificar la sensibilidad y el pensamiento de una sociedad. Y en este momento en que tanto se habla de salud, el ejercicio del arte es más que nunca una medida sanitaria, y es urgente. ¿Por qué sino en tantas terapéuticas para distintos tipos de disfunciones psíquicas (las adicciones principalmente) la práctica de una disciplina artística suele ser tan recomendada?

Todos sabemos que se establecen y se seguirán estableciendo protocolos para el funcionamiento de muchas actividades, también para las manifestaciones artísticas. No lo niego ni lo ignoro. Los distintos ministerios (a nivel ciudadano, regional, provincial y nacional) no tienen más remedio que dar la cara y tratar de encontrarle una vuelta al asunto. Después de todo, para eso cobran un sueldo. Pero con eso no alcanza.

Se dirá que en situación de pandemia y de emergencia económica es absurdo ir contra la corriente y pelear por el carácter esencial de la praxis artística presencial. No creo que se trate de una lucha absurda. Primero legitimemos esa condición del arte en nuestra sociedad. Que se oficialice esa afirmación. Que ese gesto llame la atención. Que deje a unos cuantos desconcertados. Luego discutiremos su implementación y alcances. Creo que se trata de un paso con miras que exceden nuestra lamentable coyuntura. El COVID amenaza nuestra salud física, la ausencia de arte presencial amenaza nuestra salud espiritual en tanto individuos y sociedad. Empecemos cuanto antes a hacerle frente. De otro modo quedaremos a merced de los predicadores que no van a tardar en abundar y que intentarán seducirnos con infames discursos de salvación.

Javier Daulte

14 de octubre de 2020
Día 209 de la cuarentena del Coronavirus

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