Política cultural de Estado | Vistiendo al emperador desnudo

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Si usted espera una propuesta similar a las que nos tienen acostumbrados en el espacio de la autodefinida gestión cultural, encontrará que el libro de Bonaparte es en cierto modo atípico, porque no se trata meramente de una reflexión sobre la temática, sino que el autor, especializado en el área, se centra y expone su experiencia concreta como funcionario estatal de un país colonizado y dependiente en el siglo XXI.

Indistintamente de su título, este libro no aborda una política cultural completa sino una actividad de implementación parcial (algo más real puesto que una completa resultaría especulativa); no trabaja sobre las escaramuzas intersubjetivas de situaciones particulares de un nivel mínimo de incidencia o aporte a las ciencias sociales, sino que revela una investigación parcial que busca visibilizar lo que el concepto de cultura invisibiliza: el progreso de las relaciones del poder real que actúan sobre el Estado.

Esta obra particular comienza con una más que cruda ironía, suavizada ya por su antigüedad: la fábula del Emperador desnudo. Como se sabe (aunque hay diversas interpretaciones), esta historia es una muestra de lo que conllevan la adulación de los cortesanos y la soberbia del Emperador, quien preside su ceremonia desnudo, creyendo vestir un atuendo de trabajosa elaboración.

Esta anomalía particular parece no ser advertida por cortesanos, guardias y pueblo en general, aunque no se trate de un dato menor: es la absoluta carencia de vestimenta lo que derriba el soporte lógico de todo lo que sucede; una carencia de origen en los protocolos mínimos de la actuación en sociedad.

No resulta poco significativo que la fábula que organiza a este texto haya sido publicada por Hans Christian Andersen en 1837, momento en el que el surgimiento de la burguesía comercial europea replantea los roles de muchos de los sectores sociales, y cuando algunos de ellos pugnan con el poder monárquico establecido para acrecentar sus espacios de influencia. Si las revoluciones se producen en 1848, once años después de la publicación de este cuento, hoy fábula social y hasta cuento para niños, quiere decir que había un caldo de cultivo formándose en torno a la crítica irrespetuosa al poder tradicional.

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