Reportaje apócrifo a ROBERTO ARLT a 120 años de su natalicio

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Roberto Arlt nos describe con absoluta sinceridad y crudeza el tiempo literario que le ha tocado vivir.

Por Roberto Famá Hernández

 Usted, yo, y todos sabemos bien, que Roberto Arlt no gozó del reconocimiento de sus pares, más bien,  sufrió el desprecio de la «Élite culturelle» de su época. Pero lo que no sabemos muy bien, es que pensaba Arlt de los referentes culturales de su tiempo; por eso retrocedí algunos almanaques y  decidí reportearlo, allá por agosto de 1929, luego de “Juguete Rabioso” y poco antes de “Los Siete Locos”.

Así fue como el miércoles 28 de agosto de 1929, un poco antes de las diez de la mañana, me encontraba ya preguntando por Arlt en la redacción de “El Mundo”. Me contestaron que no vendría, que se había tomado unos días de licencia porque quería corregir algunos escritos suyos muy importantes. De inmediato di por hecho que, Arlt estaba trabajando en los toques finales de “Los Siete Locos” que Latina editaría en noviembre.

Viendo el clima que se vivía en la redacción del diario, me di cuenta que había llegado en un momento interesante; el dirigible Graf Zeppelin completaba su primer vuelo alrededor del mundo mientras en Londres aceleraban su propio dirigible, el R100 y la gente del diario, leyendo los telegramas parecía fascinada con la idea de estar viviendo un futuro revolucionario. Yo estaba también fascinado, pero por estar en un pasado revolucionario para nuestra historia literaria; un tiempo desbordado por polémicas virulentas entre los mayores referentes de nuestras letras y ansioso por saber por boca del propio Arlt que pensaba él de aquel presente literario.

En la redacción me facilitaron la dirección donde Arlt estaba alojado; era a muy pocas cuadras de allí; me comentaron que era el departamento de Conrado Nalé Roxlo, frente al Parque Lezica y que Nalé se lo había prestado a su amigo, mientras el autor de «El Grillo» estaba en Uruguay. En horas de la tarde logré que Arlt me reciba allí.

Un edificio de altos, una habitación que, a las claras, se evidenciaba como el refugio propio de un escritor. Estar frente a uno de los hombres más importantes de nuestra literatura para reportearlo no es fácil; el primer esfuerzo es no dejarse llevar por la admiración, el segundo es que no se note que uno ya conoce el futuro que le espera al entrevistado y a los escritores que serán nuestro tema de conversación.

Arlt me recibió con cierta curiosidad, le expliqué que era para «Arte y Sociedad» una nueva revista aún por existir y que no podía, por esa razón, dar mayores detalles del medio para el que escribiría. Sonrío intrigado y al momento apartó el sillón del escritorio hasta colocarlo junto a una pequeña mesa con base de mármol. Yo ocupé una silla a su derecha, del otro lado de la pequeña mesa, mientras él se desparramaba cómodamente en el sillón.

Luego de algunos rodeos le expliqué que lo que buscaba en la nota, era que me hable de los escritores de nuestro país, que me diera su opinión sobre ellos. Me miró fijo, se echó sobre el respaldo del sillón, abrió sus brazos y con cierta ironía me dijo:

¡Pero hombre, eso es hacerme hablar mal de todo el mundo!

Bueno, no me hable mal de todo el mundo, sólo hablemos de algunos referentes de nuestra cultura nacional.

Vea, si por cultura usted entiende una psicología nacional y uniforme, creada por la asimilación de conocimientos extranjeros y acompañada de alguna característica propia, esa cultura no existe en la Argentina. Aquí lo único que tenemos es un conocimiento superficial de libros extranjeros.

Pero… ¿Y nuestros autores?

Una fuerza vaga que no sabe en qué dirección expansionarse.

Saca de su cigarrera dos cigarrillos Abdulla, me invita uno, lo acepto. Me habla maravillas de las propiedades del tabaco turco y agrega que no son caros. Enciende un fósforo de cera, me da fuego y con el mismo fósforo, quemándose casi la yema de sus dedos enciende el suyo. Pita fuerte, vuelve a recostarse sobre el respaldo del sillón y volviendo sobre el hilo de la conversación literaria me dice:

Por consiguiente, mi amigo… no hay una cultura nacional. Y las obras que llamamos nacionales, como el “Martín Fierro” sólo le pueden interesar a un analfabeto. Ningún sujeto sensato puede deleitarse con esa versada; parodia de coplas de ciego que ha enternecido, según parece, a los corifeos de la nueva sensibilidad…

Detrás de sus palabras creo ver un fastidio ya viejo. Se levanta, camina con el cigarrillo entre sus labios y con ambas manos en los bolsillos de su pantalón, queda de espaldas a mí varios segundos, fumando y mirando por la ventana hacia el Parque Lezica. De pronto gira y me dice:

Los países que más activamente influyen en nuestra formación intelectual son, sin disputa alguna, España, Francia y Rusia. Las literaturas inglesa y alemana no han encontrado traductores ni siquiera interés en nuestros editores. De allí que desconozcamos casi uno de los filones más importantes de la cultura, que ha elevado la civilización de los pueblos.

¿Cómo entiende usted, la dispar influencia que hay entre nuestros escritores?

Mire; usted puede dividir a los escritores argentinos en tres categorías; españolizantes, afrancesados y rusófilos…

Mientras Arlt regresa al sillón. Le pido que, por favor, me cite algunos nombres

Entre los españolizantes ahí tiene usted a Banchs, Capdevila, Barnárdez, Borges… Entre los afrancesados mire usted a Lugones, Obligado, Güiraldes, Iturburu, Nalé Roxlo, Lascano Tegui, Mallea y le diría Mariani, entre sus actuales tendencias…

Apaga el cigarrillo sobre un cenicero de bronce con forma de hoja de parra y se sienta en silencio. Le reclamo que me faltarían los rusófilos.

Ahí ubíqueme a mí… También Castelnuovo, Eichelbaum, Barletta, Eandí, Enrique González Tuñón…

Rusófilos, serían, entonces, todos los del llamado Grupo Boedo.

Digamos que sí, casi todos.

¿Qué le gusta de nuestros escritores?

Me gustan ciertos poemas de Lugones, Obligado, Córdova, Rega Molina, Olivari… Aunque no me extrañaría, por ejemplo, que Lugones saliera un día escribiendo una novela sobre algún conventillo; está tan íntimamente desorientado este hombre, que dispone de un instrumento verbal muy bueno, pero de unos motivos tan ñoños que…

¿Y Ricardo Rojas?

Rojas creo que únicamente puede interesar a las ratas de bibliotecas y a los estudiantes de filosofía y letras. En cambio Lynch y Quiroga me gustan mucho. Quiroga tiene antecedentes de literatura inglesa y se le podría filiar entre Kipling y Jack London por sus motivos. Pero eso no impide que sea con su barba una figura respetable… (Ríe)

¿Gálvez?

¡Yo no sé hacia dónde camina Gálvez! Me da la sensación de ser un escritor que no tiene sobre qué escribir. Comenzó queriendo ser un Tolstoi y creo que terminará como un vulgar marqués de la Capránica, haciendo novelones históricos. Francamente creo que Gálvez no tiene nada que decir ya.

¿Enrique Larreta?

Un señor de buena sociedad, con mucha plata, que tarda en escribir una novela mediocre como “Zogoibi” lo que otro tardaría en escribir una novela buena. Su único libro, “La Gloria de Don Ramiro”, no creo que lo autorice a ese señor a hacerse festejar en todas partes como si fuera un genio. En realidad, Larreta es inferior a Manzoni; quizá, literariamente, uno de los escritores más hondos que tenemos.

Arlt deja nuevamente el sillón y camina hacia el lado opuesto de la habitación. Abre un aparador cristalero de roble y espejos biselados, del que toma dos copas y una botella de cognac Martell. Regresa al sillón y mientras sirve ambas copas, me dice:

Todos estos prosistas serían en España, Francia e Italia, escritores de quinto orden. Les falta “metier”, inquietudes, problemas, sensibilidad y todos los factores nerviosos necesarios para interesar a la gente. Salvo Quiroga y Lynch, estos caballeros de los que hemos hablado, lo que podrían hacer es dejar la pluma y lo que usted llama “la cultura nacional” no perdería nada.

Pero a su juicio; ¿cuál de todos ellos, tendría la personalidad, el espíritu literario maduro?

¡En nuestro país ese espíritu no existe!

¿Y candidatos a serlo?

Ah! Candidatos a serlo, seríamos varios! Pero hay que trabajar y aquel que se va a poner las botas de potro, aún no ha mostrado ni la uña. ¡Qué esperanza!

Bueno, digamos, los que se aproximan, al menos en este momento.

Vea; como cuentista, Quiroga. Poeta, Lugones. Ensayista, Rojas. Novelista, Larreta… ¡Pero entendamos, en la Argentina de este momento!

Entonces, de todo este momento literario, ¿Usted cree que no quedará nada en las bibliotecas dentro de cien años?

¡Sí, quedará! Quedará seguramente Güiraldes con su Segundo Sombra; Larreta con “La Gloria de Don Ramiro”; Cstelnuovo con “Tinieblas”, Mallea con “Cuentos para una inglesa desesperada” Quizás yo con “El Juguete Rabioso”… De todos estos libros algo va a  quedar. El resto se hunde; hay escritores con más fama de la que merecen.

Hablemos un poco de los escritores de las nuevas tendencias agrupadas bajo el nombre de Florida.

Me interesa Armando Villar, que creo encierra un poeta exquisito, Barnárdez, Mallea, Mastronardi, Olivari y Alberto Pinetta. Esta gente, con excepción de Mallea y Villar, por lo hecho hasta ahora, no se sabe a dónde van ni lo que quieren. Los libros más interesantes de este grupo Florida, son “Cuentos para una inglesa desesperada”, “Tierra Amanecida”, “La Musa de la Mala Pata” y “Miseria de Quinta Edición” De Bernárdez podría citar algunos poemas y de Borges algunos ensayos.

Hablemos ahora, entonces del Grupo Boedo.

Allí, anote en su libreta a Castelnuovo, Mariani, Eandi, Barletta y a mí. La característica de este grupo sería su interés por el sufrimiento humano, su desprecio por el arte de quincalla, la honradez con que ha realizado lo que estaba al alcance de su mano y la inquietud que en algunas páginas de estos autores se encuentra  y que los salvará del olvido.

¿Qué imagina que pensarán en el futuro de los escritores de Boedo?

Cuando las nuevas generaciones vengan y puedan leer algo de todo lo que se ha escrito en estos años, se preguntarán: ¿Cómo hicieron estos tipos para no dejarse contagiar por esa ola de modernismo que dominaba en todas partes?

Arlt mira mi libreta de apuntes, la toma y ve que escribí poco. No puedo decirle que tengo un grabador a pilas en el bolsillo pequeño de mi saco y que los periodistas de este siglo ya no usamos tanto la taquigrafía: – Tengo muy buena memoria y uso poco la taquigrafía – le digo mientras me devuelve la libreta.

¿Ve, usted? Hay quienes tienen una buena herramienta para trabajar pero la usan poco… Así se puede entender también a los escritores desorientados; aquellos que tienen herramientas buenas pero las usan poco, porque les falta el material sobre el que desarrollar sus habilidades, estos son los que yo llamo escritores desorientados…

¿Algunos ejemplos?

Bernárdez, Borges, Mariani, Córdova Iturburu, Raúl González Tuñón, Pondal Ríos… La desorientación de estos escritores yo la atribuyo a la falta de un problema religioso y social coordinado en estos hombres. Fíjese; Roberto Mariani es un escritor en “Los Cuentos de la Oficina” y es otro tipo de escritor en “El Amor Agresivo” y finalmente otro muy diverso en los cuentos que ha publicado en “La Nación” Lo mismo podemos decir de Córdova Iturburu, “El pájaro, el árbol y la fuente” es completamente distinto del autor a “Las danzas de la luna”. Igual digo de Raúl González Tuñón; “El Violín del Diablo” parece ser una obra de un escritor distinto al autor de “Miércoles de Ceniza”

Pero, no me queda claro que tenga  relación con la falta de un problema social o religioso.

Es así, porque estos hombres tienen inquietudes intelectuales y estéticas y no espirituales e instintivas. Esta gente, a excepción de Mariani, no cree que el arte tenga que ver con el problema social, ni tampoco con el problema religioso. Y entonces trabajan con pocos elementos, fríos y derivados de otras literaturas en decadencia.

¿Qué me puede decir de los suplementos literarios de los diarios?

El suplemento literario de “La Prensa” está acaparado por tres escritores argentinos que pueden agradar al público que lee los avisos de ese rotativo. Bufano, Fernández Moreno y Fausto Burgos, tan calamitoso este último, que muchas veces me he preguntado “qué es lo que piensa” el director del suplemento para aceptarlo. El caso de Fernández Moreno es más claro y se dirige a las horteras que los pueden entender, ahora, Alfredo Bufano, ¡es el acabose!

¿Y el suplemento de “La Nación”?

Ah, el suplemento de “La Nación” por el contrario, es un disloque. Ha publicado ya tanta inocentada y su aparente eclecticismo es tan indigesto, que ya nadie tiene interés en publicar en La Nación. Pero ninguno de estos dos suplementos realiza un plan cultural. El público mira las fotografías y hace a un lado el suplemento cultural, lo tira al cesto. Si no me cree, vaya usted un domingo a la mañana a una estación del subterráneo, ahí podrá verificar lo que le digo.

¿Y en cuanto a las revistas como “Nosotros”, “Criterio” y “Síntesis” que me puede decir?

¡Que son revistas que no he leído nunca!

¿Y en lo que respecta a Claridad?

Que está mal escrita, peor compuesta y sin un método inteligente, pero tiene un público obrero y desempeña una misión social muy útil.

¿Qué opina usted de Roberto Arlt?

¿Qué opino de mí mismo? Que soy un individuo inquieto y angustiado por este permanente problema: de qué modo debe vivir el hombre para ser feliz, o mejor dicho, de qué modo debería vivir yo para ser completamente dichoso. Como uno no puede hacer de su vida un laboratorio de ensayos por falta de tiempo, dinero y cultura, desdoblo de mis deseos personajes imaginarios que trato de novelar y al novelar estos personajes comprendo si yo, Roberto Arlt, viviendo del modo A, B o C, sería o no feliz. Para realizar esto no sigo ninguna técnica, ni ella me interesa.

¿Tiene un plan de trabajo a la hora de escribir?

Roberto Mariani, mi buen amigo, me ha aconsejado siempre el uso de un plan, pero cuando he intentado hacerlo he comprobado que, a la media hora, me aparto por completo de lo que proyecté. Lo único que sé es que el personaje se forma en lo subconsciente de uno como el niño en el vientre de la mujer. Que este personaje tiene a veces intereses contrarios a los planes de la novela, que realiza actos tan estrafalarios que uno como hombre se asombra de contener tales fantasmas. En síntesis, este trabajo de componer novelas, soñar y andar a las cavilaciones con monigotes interiores, es muy divertido y seductor.

¿A qué público de hombres y mujeres se dirige?

Al que tenga mis problemas. Es decir: de qué modo se puede vivir feliz, dentro o fuera de la ley.

¿Le interesa un número amplio o reducido y selecto de lectores?

Eso es secundario. Ni muchos ni pocos lectores me harán mejor ni peor de lo que soy.

El tiempo de la entrevista se acorta y el que se haya puesto de pie, me indica que es hora de las últimas preguntas. Arlt, ¿cómo ve usted en su porvenir como escritor?

Tengo una fe inquebrantable en mi porvenir de escritor. Me he comparado con casi todos los del ambiente y he visto que toda esta buena gente tenía preocupación estética o humana, pero no en sí mismos, sino respecto de los otros. Esta especie de generosidad es tan fatal para el escritor, del mismo modo que le sería fatal a un hombre que quisiera hacer fortuna ser tan honrado con los bienes de otro como con los suyos. Creo que en esto les llevo ventaja a todos. Soy un perfecto egoísta. La felicidad del hombre y de la humanidad no me interesa un pepino. Pero en cambio el problema de mi felicidad me interesa tan enormemente, que siempre que lance una novela, los otros, aunque no quieran, tendrán que interesarse en la forma en que resuelven sus problemas mis personajes, que son pedazos de mí mismo.

¿Eso lo diferencia de otros escritores de su tiempo?

Aquí los escritores viven más o menos felices. Nadie tiene problemas, a no ser las pavadas de si tal palabra ha de rimar o no. En definitiva, todos viven una existencia tan tibia que un sujeto que tiene problemas, acaba por decirse: “La Argentina es una jauja. El primero que haga un poco de psicología y de cosas extrañas, se meterá en el bolsillo a esta gente”.

Me despido de Arlt con un fuerte apretón de manos; me hace prometer que le haré llegar el primer número de Arte y Sociedad  donde publicaré esta nota; una promesa que nunca podré cumplir, pero sé que dentro de 90 años me sabrá disculpar.

*No las preguntas ni las circunstancias, pero las palabras adjudicados a Roberto Arlt en este reportaje “apócrifo” le son propias en un reportaje real publicado en el N°12 de la Revista “La Literatura Argentina” de Agosto de 1929 y otras entrevistas. 

 

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