Reportaje “apócrifo”a Quinquela Martín

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Pronto a cumplirse 130 años del natalicio de Benito Quinquela Martín, vaya este reportaje apócrifo, a quien fuera el mayor filántropo que tuvo La Boca y el pintor que mejor retrató el trabajo de los obreros del puerto viejo.

Por Roberto Famá Hernández

Es el 21 de marzo de 1890, una grave crisis económica y social en la Argentina pone en jaque el gobierno de Juárez Celman; desempleo, quiebras, huelgas, desamparo… Alguien abandona en el torno de la Casa de Expósitos a un niño de pocas semanas de vida.

Las Hermanas de la Caridad, del otro lado del torno reciben a la criatura que está envuelto en finas y ricas telas muy limpias. Hay una esquela entre sus ropas: “Este niño ha sido bautizado y se llama Benito Juan Martín” También encuentran la mitad de un pañuelo bordado que ha sido cortado en forma diagonal, lo que hace suponer a las religiosas, que quien lo ha abandonado, ha guardado para si la otra mitad del pañuelo, para poder reclamar al niño algún día; hay una esperanza para ese niño… Por el bajo peso de la criatura y su desarrollo, las Hermanas de la Caridad estimaron que aquel niño habría nacido el 1 de marzo de 1890.

Torno done fue dejado aquel niño

Retrocedí las nubes del tiempo para encontrarme con el gran Quinquela, lo halle pintando un mural en una de las aulas de la escuela, que el mismo ha donado.

Lo primero que quise preguntarle fue, si aquella esperanza, que algún día alguien volviese con su medio pañuelo a reclamar a aquel niño, tuvo algún indicio de realización:

–      No. Esa esperanza no se realizó jamás. Mi nacimiento se pierde así en las sombras de lo desconocido y nunca me fue posible descubrir ese misterio irrefutable.

Repasemos un poco más su vida desde entonces, su niñez y juventud al menos.

–      ¡Se ha contado tantas veces!… Si todo el mundo sabe que he sido carbonero y todo lo demás… Francamente, si yo no fuera Quinquela Martín, creo que estaría harto de oír hablar de Quinquela Martín.

Permítame que, de todos modos, lo contemos una vez más. De aquellos primeros años de vida, entre los hijos sin padres, ¿qué recuerda?

–      Lo único que puedo recordar vagamente de aquellos años distantes, es una impresión callejera, que aparece como a través de una niebla, desdibujada entre las imágenes imprecisas de mis recuerdos más remotos… Me veo entre un batallón de niños uniformados con guardapolvos grises.

¿Por qué define como  “callejera” esa imagen remota?

–      Esa imagen remota se define así, en un tímido deseo de fuga y en un ansia contenida de libertad. La calle se me aparecía como el paraíso de los niños libres, que podían correr en todas las direcciones sin tener que formar fila con guardapolvos grises. La calle se presentaba en mi imaginación como la imagen perfecta de la libertad.

¿Se sentía mal atendido en el asilo de niños expósitos?

–      No, todo lo contrario. Los dormitorios y los comedores eran grandes, limpios, ventilados. La comida era sana y suficiente, Todo muy cuidado, pero todo a reglamento. Horas para comer, horas para dormir, horas para estudiar y unas horas también, cada tantos días, para salir en fila y uniformados a la calle, que era lo que más nos gustaba.

Algunos niños dejaban el asilo porque eran adoptados, otros permanecían allí; ¿cómo se vivía esa posibilidad de salir del asilo?

–      Todos intuíamos que algún día vendría esa persona que esperábamos y necesitábamos Y todos los días, en efecto, llegaban visitas que se llevaban algún niño y los que nos quedábamos, nos consolábamos con la certeza de que a nosotros también nos vendrían a buscar cuando nos llegara el turno.

Y hubo un día, el 17 de noviembre de 1897, en que llegó su turno y un matrimonio de trabajadores muy humildes, vino por usted: Don Manuel Chinchella, genovés y Doña Justina Molina, criolla entrerriana, fueron desde ese día sus padres ¿Cómo recuerda aquel día?

–      Ah, mire! Bien quisiera yo describirle la escena del niño que por fin encuentra a sus padres y darle en ella una emoción tan novelesca como realista y humana, pero la verdad es que no recuerdo absolutamente nada de esa escena.

¿Por qué cree que no lo recuerda, siendo un hecho tan importante para ese niño?

–      Me inclino a creer que es porque mis padres adoptivos me trataron tan bien como las hermanas del asilo. Si hubiera habido algún contraste en ese cambio de vida lo recordaría, pues lo que se queda más grabado en la mente es aquello que produce un choque violento en nuestra existencia y en nuestra sensibilidad, sea para bien o para mal. Yo no debí sufrir ese choque ni en el orden material ni afectivo.

Ese chico no sólo tiene desde entonces un hogar, un padre, una madre, sino también un barrio con sus calles, con aquel paraíso de la libertad. ¿Cuáles eran sus juegos en la calle durante esos tiempos?

–      Por aquel entonces todavía no existía el fútbol, verdadera válvula de escape de los instintos guerreros del hombre, y entonces los chicos y los grandes se divertían peleando.

¿Peleas entre bandas callejeras, dice usted?

–      Sí. Aquella zona porteña y portuaria se dividía en dos grandes bandos: La Boca y Barracas cuya frontera divisoria era la calle Patricios, sobre la que se desarrollaban verdaderas batallas campales. En el bando de La Boca militaban los italianos o hijos de italianos y en el de Barracas los españoles o hijos de españoles, aunque había casos, como los mellizos García que a pesar del apellido capitaneaban uno de los batallones itálicos donde yo estaba.

¿Cómo recuerda a los mellizos García?

–      Eran tan listos como bravos. Siempre eran los primeros en los bancos de la escuela y en las guerrillas de la calle, pues tenían la mano tan ligera como el pensamiento. Yo era calentador de alambres a las órdenes de los mellizos García, que, entre tantas cosas buenas y malas, me enseñaron el secreto del ajo.

¿Cómo era eso de calentar alambres y el secreto del ajo?

–      En las inmediaciones de la calle Patricios abundaban los potreros, los terrenos baldíos, las zanjas y las cuadras a medio empedrar, donde nos proveíamos de proyectiles. Las pedreas eran a brazo limpio o con hondas y cuando los proyectiles se agotaban venían los alambres de púas que habíamos arrancado de los cercos alambrados, los calentábamos y untábamos las púas con ajos. Una verdadera salvajada.

¿Se imaginaba en ese tiempo, que podía ser un verdadero genio del arte?

–      No, genio no, no…Reconozco lo que yo valgo y reconozco lo que valen los demás. Mire, las únicas figuras geniales que ha tenido América en el Siglo XX, son mexicanos… México tiene grandes artistas como Diego Rivera o Siqueiros, pero en cambio que somos nosotros? Pintamos, sí, tenemos personalidad, pero el genio lo tuvo Rivera, después Orozco y Siqueiros…

Pero usted también es conocido en todo el mundo.

–      Ser conocido no significa nada; Picasso es mundialmente conocido pero es una bestia.

¿Usted pinta lo que ve o lo que imagina?

–      No, no, hoy yo pinto con la memoria.

Usted ha elegido como único tema pintar a su barrio, “La Boca”

–      No. Yo no pinto mi barrio; yo pinto el puerto y al obrero. Sí es cierto que ningún otro puerto del mundo he pintado más que este, el de La Boca. Este es el puerto viejo de Buenos Aires, todo mi trabajo lo he hecho acá.

¿Tiene, usted discípulos?

–      No, no tengo porque no tengo tiempo. Aquí, en esta escuela hay mil niños. Yo he puesto el arte al servicio de los niños; esta escuela es fantástica y no hay en el mundo una cosa igual porque es una escuela hecha por un pintor que la ha llenado de colores.  Estos son los murales que yo he hecho para los niños, simbolizando la humanidad en el trabajo. No llevar el dolor a la escuela nunca; hay que llevar a la escuela la belleza y el trabajo.

¿Cómo recuerda sus días de escolar?

–      No, si yo no cursé más que primero y segundo grado, después me pasé hasta los veintidós años descargando bolsas de carbón. Cuando se vive al día, el estudio es un lujo y los pobres no estábamos para esos derroches.

¿Y recuerda cómo o cuando, comenzó a manifestarse su vocación por el dibujo?

–      Qué se yo…!!  Ya de muy chico garabateaba papeles… Es una cosa que ha nacido conmigo, que me parece, que es algo que he venido haciendo toda la vida… Garabateaba papel o hacía trazos con carbón en las paredes, en los umbrales de las puertas, en cualquier lado… Lo que puedo decir, es que ya de muchacho, le vendía retratos a los clientes de la carbonería por cinco pesos… retratos que todavía andan por La Boca.

Es lógico, sus propietarios deben guardar esos dibujos como un tesoro

–      Imagínese! Creen que pueden llegar a valer mucho dinero, como el de los grandes pintores… (Ríe) … No hace mucho, la dueña de uno de ellos, me pidió que le actualizara la firma…

¿Cómo es eso de que le actualizara la firma?

–      Claro, En esa época yo firmaba Chinchela, que es el verdadero apellido de los viejos y que así se escribe, y que yo he tomado con autorización del juez, pero luego se castellanizó a como se pronuncia “Quinquela” que es la forma actual.

Esos dibujos primeros deben tener más valor así.

–      Eso le expliqué! Pero la buena señora no quería convencerse… Seguramente informada del precio de algunos de mis cuadros,  tendría miedo que alguien le objete la autenticidad de la obra… (Ríe) Esta pobre gente, desde que me han visto fotografiado junto a reyes y magnates, desde que han descubierto que el Presidente Alvear solía venir a visitarme a mi estudio, creen que entre mis obras y las de Rafael y de Goya no hay ninguna diferencia…

¡¿Ha visto vecina?! El muchacho de la carbonería está saliendo en los diarios, con retrato y todo…¿Quién iba a decirlo? Si parecía un cabeza fresca…

Aquellos vecinos de La Boca creían que en la vida del muchacho carbonero había obrado un milagro; no entendían que el milagro era él, Benito Quinquela Martín. Feliz cumpleaños 130 maestro!

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